Personal, Una palabra
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Hay días, los menos, que te levantas con un sabor extraño en el paladar. El sentido de la vida tiene un color más gris y piensas que por alguna razón desconocida todo lo que ayer parecía ordenado hoy se presenta ante ti lleno de incertidumbre.
Cuando eso sucede echas mano del depósito de optimismo. Ese hueco plagado de razones que todos tenemos y que nos ayuda, de un modo u otro, a convencernos de que podría ser peor o de que mañana brillará el sol de forma diferente.
Pero cuando recurrimos en exceso a ese depósito sucede que un buen día el indicador se nos enciende y nos avisa que las razones se agotan.
Justo en ese instante se dan los ingredientes necesarios para que el miedo y la inseguridad campen a sus anchas alrededor nuestra, encerrándonos en un bucle sinfín de deterioro que puede acarrear consecuencias impredecibles.
Por eso es fundamental que en ese preciso instante, donde la duda que nos asalta es mayor y la sombra de lo desconocido atenaza todos y cada uno de nuestros músculos, surja esa única razón restante, ese milímetro que falta para que el medidor de nuestro depósito se ponga a cero, ese “todo va a salir bien”… y volvamos a la carrera contra nosotros mismos con más ganas que nunca.
No dejes jamás de luchar:
- Estoy hecho de creencias, no de barreras.
- Estoy hecho de sudor, no de orgullo.
- Estoy hecho de muchos, no de uno sólo.
- Estoy hecho del siguiente punto, no del último.
- Esto hecho de abrir senderos, no de seguir caminos.
- Estoy hecho de los obstáculos que he superado, no sólo de los que hay en la pista.
- Estoy hecho de todos los días que no ves, no sólo de los que ves.
- Estoy hecho de todo lo que queda por venir, no de lo que ya ha sido.



